
José Ernesto Delgado es de Río Piedras, Puerto Rico, 1981. Padre por vocación y poeta por hermoso accidente de la vida. Co-fundador de la convocatoria artística y poética Poetas en Marcha. Ha publicado los poemarios Bajo la sombra de las palabras (2011), Tatuajes; del amor a la piel (2013), La brújula de los pájaros (2016) y A vuelo de pájaro [breve antología] 2016.
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Hay un parentesco
entre un niño enfermo
y un pájaro triste.
Los dos dejan de cantar.
Horacio Gandhi Hidrovo Peñaherrera
Llegará el minuto silencioso
a morar las aceras de un país desgastado.
Caminará la sombra del árbol
sobre cenizas de bosques
buscando una onza de paz.
La ciudad será un cementerio de risas
no hay silbidos, no hay pasos, no hay alas.
La inercia ha venido a poblar orillas
se instala en el vacío de las olas
duerme sobre las ruinas del hombre.
Es triste ver la caída del pueblo
y desde un balcón sus espejismos suicidándose.
Pues no hay salvación para el débil
para quien permitió la infestación
del espíritu, ese animal alado e inocente.
Vacío el cielo
los parques permanecen calladitos;
porque cuando un niño canjea ilusiones por lágrimas
y deja de reír
a las aves se les entumecen las alas
y sus gargantas de violín
se quiebran.
Porque hay que proteger la infancia
«Si no existiera la palabra hijo
buscaría una nueva palabra.
Una palabra que sea pura
como el viento».
Horacio Hidrovo Peñaherrera
He ido por las avenidas del amor
infinitas como el suspiro planetario
siempre buscándote.
Y te reconocí en el abrazo infantil
en la ternura de nidos
que cuelgan en árboles
a la distancia en los pájaros a libre vuelo
en la garúa de las tardes
que refresca como tu voz.
Aprendí con esas manos tuyas, la sutil alquimia entre los dedos,
en colores múltiples
donde la posibilidad transmuta cielos negros
en mar violeta reflejando nubes verdes
que tornan rojo al sol vespertino mientras la luna, curiosa, emerge azul
por toda esa magia cromática en simbiosis continua…
Yo he querido inventar una palabra
que sostenga vida
y sea como decir eternidad
que solo la conozca el viento
para que trace sonrisas en tu alma.
Pero ya la habías pronunciado
cuando escuché de tus ojos
aquel gran llanto que decía «papá».
Así descubrí que Yo nunca había existido
hasta que mis labios intentaron balbucear
tu nombre mástil de granito
cual estampida revoloteadora de mariposas
en la sangre ardiente de mi propio y verdadero nacimiento…
Solo entonces logré llamarte hija.
A mis hijas, piedras angulares de mi vida.
Poema para Horacio
La palabra verde de tu poesía manabita
vino en las alas de tus niños pájaros
a darme el abrazo fresco de tus árboles de luz.
Cantor del pueblo, de la tierra que es fruta,
existe un hambre de tu voz en nuestros oídos extranjeros
que mitigamos al recorrer la senda que se enraizó en tus pies.
Hoy nos has visto desde tu casa río de PortoViejo lanzando una ofrenda silvestre
para la eternidad que tejió tu corazón universal.
Y sonreíste entre los peces que comieron de tu vida
quedando preñados del verbo que supiste compartir
como pan de tus huesos.
Tu nombre hoy se aprieta a nuestro tímpano
para dejar los ecos de tus cantones,
y se nos repite en la garganta El Carmen, Chone y Manta que se da en olas.
Se nos colorea en los ojos Montecristi, tu cuna Santa Ana
que nos mece hasta el sueño de un regreso.
Horacio, te descubrí en la boca ñaña
de un milagro llamado Belén
y he vuelto a ti, a las calles montubias derramadas en tu poesía.
Gracias por recibirme.
Portoviejo, Ecuador.
Agosto 14, 2015
Porque tu tierra y tus niños pájaros
abrieron mis ojos para este libro.

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