Un libro para atesorar

Gilberto Rendón Ortiz

Gilberto Rendón Ortiz es narrador mexicano. Escribe literatura infantil y juvenil desde 1973. Actualmente es profesor en la Escuela de Escritores de la SOGEM, Cuernavaca. Premio Castillo de la Lectura 2001, White Ravens 2000. Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada 1981 y 1982, y Premio Casa de las Américas en el género de Literatura para Niños y Jóvenes 1981.

No es necesario insistir
en la importancia de un pueblo lector.

G.R.

Un libro para atesorar

Hoy en la época de la tecnología digital, ocurre un fenómeno curioso en el ámbito cultural. Hemos sabido de muchos periódicos diarios que han ido cerrando su versión impresa para volcarse a la red de Internet en un formato multimedia que atrae a cierto público. Y al mismo tiempo, se ha acentuado la paradoja de que los diarios impresos se han convertido en el principal medio que tiene el pueblo de formarse como lector. La gran pobreza de un país como México radica en buena parte en que NO somos un pueblo lector, como se reconoce en calificadoras nacionales e internacionales. Y hoy, repito, el pueblo, aún con escolaridad, solo tiene a los diarios locales y nacionales como la única lectura a la que puede acceder de vez en cuando o cotidianamente.

La lectura de un diario posibilita tres o cuatro niveles de lectura que van del lector de noticias, al lector de artículos de opinión y de fondo, al lector de ensayos de menor a mayor profundidad, y por lo tanto estas lecturas ofrecen la posibilidad de formar habilidades lectoras a medida que el público accede a ellas, competencias que con esa práctica lo hacen un verdadero lector que en seguida busca revistas y libros para seguir leyendo.

Seguramente, muchos lectores se habrán formado ya en tantos años escalando sin darse cuenta las páginas de los diarios, adquiriendo el hábito y el placer de la lectura.

No es necesario insistir en la importancia de un pueblo lector. El gobierno en México ha gastado miles de millones de pesos en el programa «México, un país de lectores», que viene de sexenios atrás, llenando las escuelas de espléndidas bibliotecas y puede presumir de un gran fracaso, pese a las buenas intenciones.

Primero se avanzó con ese millonario esfuerzo seis décimas, poquito más de medio libro de lecturas al año. En el pasado mes de abril nos enteramos que en los dos últimos años se ha vuelto a retroceder. Se demostró que, si no se forman lectores, las bibliotecas son un elefante blanco.

Por otro lado, la desaparición de diarios importantes, de revistas populares, de la súbita desaparición de la poderosa industria de cómic, se puede explicar en parte por el acceso masivo a Internet y a las redes sociales que absorben la atención del usuario y lo distraen de otros asuntos, como buscar las publicaciones periódicas que antes entretenían.

Tengo muy presente cómo se leía en México mucha literatura popular, como diría Chesterton, literatura de cinco peniques. Recuerdo bien cómo la gente ciertos días de la semana corría a los puestos periódicos por su novela vaquera o por sus Lágrimas y risas. El día que salía una y otra, lo notaba uno por encontrar lectores en los medios de transporte colectivos o escuchar aquí y allá pláticas sobre el último episodio. Y quienes no estaban en el asunto, pues terminaban por contagiarse y entrar al selecto grupo de esas lecturas.

Nosotros siempre hemos deseado que el virus de la lectura contagie lo mismo a chicos y grandes, pero ahora, si no es por el impulso de una película muy publicitada, basada en los textos de Tolkien o de Rowling, es muy difícil lograr un efecto parecido que además, una vez que la película pasa de moda, se disuelve.

Yo me pregunto, ¿por qué no damos a los diarios impresos, cuya circulación es cada vez menor, la importancia que tienen en la formación de lectores?

Muy aparte de los programas institucionales, escolares y los que lleva a cargo la sociedad civil, los diarios sigue siendo uno de los principales factores que influyen en la formación de lectores. Lo han hecho desde su aparición: hace siglos abrieron el mundo a los recién alfabetizados, contribuyeron enormemente al lanzamiento de grandes obras de la literatura en todo el siglo XIX, iniciaron a los pequeños y jóvenes lectores en la lectura de historietas, cómic, en todo el siglo XX, y hoy siguen siendo un factor que incide en la lectura del pueblo. Y, sin embargo, ese no ha sido un objetivo fundamental de los diarios, pero por distintas razones ha resultado para el fomento a la lectura un medio, yo diría más efectivo, que los programas institucionales de lectura.

Los diarios cuya circulación va de picada, la sociedad que no sabe cómo construir un país de lectores, se tendrán que poner de acuerdo en una vieja estrategia comercial y cultural para incidir de manera directa en la formación lectora de niños escolares y jóvenes estudiantes, lo mismo que el del público en general. ¿Cómo? Regresando al libro por entregas semanales, tal como salieron a la luz muchas de las obras maestras de la literatura universal en el siglo XIX.

El fracaso de los programas oficiales de fomento a la lectura se debe, entre otras cuestiones, a que el niño recibe solo en préstamo los libros, nunca son suyos, nunca los puede tener en casa, leer y releer, atesorar en un rincón. Esto ha sido evidenciado por Elena Dreser en su ponencia Un libro para atesorar, donde incide en que los niños se hacen grandes lectores cuando pueden tener sus propios libros hacer de ellos libremente. El libro por entregas sería precisamente un libro que los lectores podrían atesorar, desde que empiezan a leer la primera entrega y deciden coleccionarlo y al final encuadernarlo y releer cuanto quisieran.

El diario aumentaría drásticamente su circulación, por lo menos semanalmente y, con un poco de mercadotecnia, tendría un efecto viral: el virus de la lectura se propagaría por todo el país en dos sentidos: entre el público y entre los propios periódicos. No habría diario que se quedara atrás y que no se quisiera sumar al experimento.

Se podría empezar con obras de literatura clásica combinándola con autores nacionales modernos de LIJ. Tom Sawyer, La isla del tesoro, El fantasma de Canterville, Peter Pan y entre ellos autores del país.

La idea no es de otro mundo, ya ha sido probada.

Pero no me sorprendería que todo quede en el aire, que los mismos periódicos sigan cayendo en ventas y que las instituciones de cultura sigan probando estrategias fallidas de fomento a la lectura.

Deja un comentario