
César Eduardo Carrión (Quito, 1976) ha publicado los libros de poesía Emboscada (2017), Cinco maneras de amar a un travesti (2011), Poemas en una Jaula de Faraday (2010), Limalla babélica (2009), Pirografías (2007) y Revés de luz (2006). Ha publicado los libros de ensayo “Habitada ausencia” (2008) y “La diminuta flecha envenenada” (2007). Fue miembro de las revistas de poesía y ensayo Ruido Blanco (2010-2012) y País secreto (2001-2005). Estudió Filología Hispánica en Madrid, y Comunicación y Literatura en Quito. Es Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar. Fue director de la Escuela de Lengua y Literatura y del Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Actualmente es decano de su Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura.
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Invitación a la pesadilla
Volvamos a ser uno solo: los mismos en el dolor, los mismos en el olvido.
Volvamos a ser una tribu cercana a la peste, el acero y el miedo.
Juntemos de nuevo las manos en torno del fuego sagrado de un sueño.
Pero no porque lo digan tus ancestros. Los he visto: no son nada extraordinario,
No son nada extraordinario, no son nada extraordinario, no son nada extraordinario,
Debería repetir cuarenta veces “No son nada extraordinario”. Te lo juro: ¡No son nadie!
Juntemos de nuevo los labios en torno del beso y el grito de un ángel caído,
Cualquiera, no importa, que vista talar de bacante o vestido de monja, ¡qué importa!
Pero no porque lo invoquen los pontífices. Los oigo: parlotean y babean,
Parlotean y babean, parlotean y babean, parlotean y se ensucian las sotanas.
Volvamos a ser una tribu cercana a la peste, el acero y el miedo,
Porque el necio pontifica como un cristo, porque el sabio balbucea como el río.
Regresemos a la hoguera donde ardieron las leyendas más lascivas y sangrientas.
Que nos narren nuevamente aquellos mitos donde el hijo mata al padre, donde el padre come al hijo,
Donde el hijo se amanceba, para ser su propio padre, con su madre, con su tía, con su abuela.
Que nos hablen los poetas nuevamente de los ritos que vencieron a la muerte.
Y cantemos, con gargantas de gigantes, que los simios domadores del relámpago y el trueno
Hemos vuelto de una larga caminata por los bosques de la magia, de la ciencia y la mentira.
Que nos mientan nuestros hijos, que nos digan que triunfamos, que nos juren que jamás se fue el verano…
Volvamos a ser una tribu cercana a la peste, el acero y el miedo.
Pero no porque tengamos entre manos el remedio de una nueva enfermedad,
Que ha nacido del cerebro de una vaca, del estómago de un cerdo, de la piel de una gallina.
Pero no porque llevemos a la lumbre aquella presa inagotable contra el hambre,
Que ha nacido del cerebro de una vaca, del estómago de un cerdo, de la piel de una gallina.
Retornemos a la cueva, porque el único sonido que se impone es el silencio.
Los demás son alaridos de placer, son gemidos de dolor o son bostezos.
Volvamos a ser uno solo: los mismos en el dolor, los mismos en el olvido.
Preguntas retóricas
¿Soy la bestia que se arroja voluntariamente al fuego de la pira funeraria?
¿Soy los turcos empalados por millares en lo feudos del vaivoda de Valaquia?
¿Soy los miles de mandingas esposados a los cascos de galeras holandesas?
¿Soy los miles de mitayos asfixiados en las minas de la casa de los Austrias?
¿Soy el perro fiel, asesinado por su amo, en los festines culinarios de la China?
¿Y si tengo ese mismo remedio de todos los dioses y todos los hombres?
Pobres de los hombres, cuyas hembras no se limpien los hedores de su duelo.
Pobres de las hembras, cuyos machos se empecinen en los ritos de su duelo.
Porque como y porque bebo, nada más y nada menos, que aquella misma sombra
Y aquellas mismas luces que nos matan y alimentan: los silencios, las palabras,
De los santos miserables que saludan desde el púlpito a la plebe embrutecida.
¿Y soy de la misma materia de todos los dioses y todos los hombres?
Aclara tus dudas de nuevo, hermenéutico-simio, mamífero-insecto.
¿Qué harías tú para aplacar la neurastenia de los dioses más antiguos?
¿De qué extraña atrocidad te servirías por vivir un minuto, unas horas de más?
Pero no en el Agua, pero no en el Fuego, pero no en el máximo Trueno,
Porque aquello que consigo en la palabra y el silencio, en la palabra y el silencio, en la palabra…
Apenas lo poseo, lo abandono en el umbral de la memoria y el olvido.
(De Emboscada, 2017)
