
Jorge Dávila Vázquez (Cuenca, 1947) es un escritor, catedrático, crítico y doctor en Filología ecuatoriano. Desde temprana edad estuvo involucrado al mundo de las letras, en especial por la cercanía de su tío, el poeta César Dávila Andrade. También se interesó por el teatro, formando parte durante su juventud de la Asociación de Teatro Experimental de Cuenca. Posteriormente ganó una beca para estudiar Asistencia de Dirección Teatral en Francia, entre 1970 y 1971. Su primera obra, el poemario Nueva canción de Eurídice y Orfeo, fue publicada en 1975. Entre sus obras más conocidas destacan la novela experimental María Joaquina en la vida y en la muerte (1976) y los libros de cuentos Este mundo es el camino (1980), ambos textos ganadores del Premio Aurelio Espinosa Pólit, Los tiempos del olvido, premio de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y El libro de los sueños (2001), Premio Joaquín Gallegos Lara al mejor libro de cuentos del año. El 10 de agosto de 2016 fue condecorado con el Premio Nacional Eugenio Espejo como reconocimiento a su carrera literaria.
Yo, Federico
Para George Riverón y Piotr Zalamea, con la amistad permanente y la admiración del autor por su arte magnífico.
-“…Y espera el campo el rumor / de la sangre derramada”. ¡Qué extraño, son mis propias palabras y me he estremecido! Somos raros los humanos, aun después de muertos. Porque dicen que me he muerto, mejor dicho, que me han matado. Seguramente estoy muerto y, sin embargo ahora que lo digo, no he sentido ningún escalofrío. Nada. Y antes, frente a mi propia palabra… un estremecimiento. ¡Qué raro!
Sonaban las voces, era como en alguno de mis poemas más oscuros y más fúnebres… “La noche llama temblando / al cristal de los balcones / perseguida por los mil / perros que no la conocen…”. Mas hasta los perros se callan cuando llegan las sombras de la muerte real, no de la muerte poética, no de esa que construí mil veces con mis palabras. No. La otra, esa que te siega la vida como una hoz implacable… o una guadaña ¡Así! (Hace el gesto tanto con la hoz como con la guadaña imaginarias. Y queda pensativo, en silencio. Cambio de luz)
(Se oyen roncas, ásperas voces desde fuera de la escena)
-¡Federico García Lorca!
(Silencio, oscuridad, solo un rayo de luz sobre los ojos angustiados de Federico)
-¡Contesta, rojillo marica!
-¡Masón!
– Yo soy Federico García Lorca.
-¡Sal, cabrón!
-¡Tiemblas!
-¡Rojo!
-¡Maricón!
-¡Sal de una vez y acabemos con esta mierda! ¡Sal, masón hijo de puta!
-Salí. Salí. En las sombras me esperaban todas las vejaciones de palabra y obra. Temblé. Salvo los pasos en la sombra, tanteando con los pies, para no caer en algún agujero, los pasos entre los guijarros y las hierbas, los insultos y los golpes, todo era silencio, adentro y afuera; en la casa prisión que iba quedando atrás como una bestia dormida, negra, y en el campo, el aire tibio de agosto. Y en el corazón… Ni siquiera el ladrido de un perro. Nada, solo el miedo… Me castañeteaban los dientes. Campos de Granada, sumidos en la oscuridad. Ni una estrella, ni un mechero, ni una luciérnaga. Nada. Nos detuvimos. Tiraron al bulto, al azar (se oyen varios disparos). Caí. Me remataron en el suelo (nuevo ruido de balas). Después, todo en calma. Sentí que la sangre corría desde todo mi cuerpo a la tierra. Última tibieza que se mezclaba con las tinieblas. Ese, el ser de Federico, mi ser, se iba, se iba… Oí unas voces. Alguien sacudió ese despojo en el que ya no estaba.
-¡Está muerto el cabrón!
-¡Ahora que entone canciones, el marica hijo de puta! ¡Masón! ¡Ahora!
-¡Vámonos! ¡Deber cumplido!
-Espera. Acá cerca hay una fosa. Arrastrémoslo entre todos.
-Bien, hagámoslo, pero vámonos de una vez.
-¡Ya!
-Sí, ahí queda en buena compañía. ¡Rojo de mierda!
-Marica llorón.
-No lloró.
-Sí lloró. (Las voces se van alejando, apagando)
-No es cierto. No hizo más que un ruido raro con los dientes, como cuando tienes pesadillas…
-Eso, defiéndelo, ¡defiéndelo!
-Ya no hay nada qué defender.
-A lo mejor eres de los suyos.
-¿Poeta? ¡Jamás! Eso es cosa de rojos, masones o maricas.
(Risas apagadas, a lo lejos. Silencio)
-Viví en amor de poesía. Todo lo que hice fue poesía. Todo. No solo los versos que escribía, los dramas en que se filtraba lo poético, las canciones que recogí, esas viejas pequeñas historias ingenuas, los bellos sueños del grupo “La Barraca”, las gentes a las que tuve o perdí.
(Se escucha: “Tres morillas me enamoran en Jaén/ Aixa, Fátima y Marién…”)
-No, ninguna morilla me enamoraba, ninguna. Pero tú sí, tú, Salvador: manos que tomaban las mías con aparente ternura, deseo que venía y se iba en un río de temores, y un discurso, a veces, sin sentido; tú, Emilio, a quien nadie más que yo parecía querer; tú, Rafael, que detestaba la idea de que un hombre pudiese amar a otro, pero que me envolvías en la fuerza de tus brazos, me cercabas…, para acabar cayendo en la trampa de mis seducciones, tú, el hombre más hombre que conocí, y que ahora vas en busca de la muerte, dolorido, inconsolable, pensando en mí, repitiendo en silencio mi nombre, obsesivo: Federico, Federico, Federico. No puedes oírme, ¿verdad, mi Rafael?, pero aquí estoy, aquí, esperándote, “porque duermes en mí / y estás dormido”; “amor de mis entrañas, viva muerte…” ¡Ah, misterios de la pasión del ser humano, misterios! Y tú, Eduardo…, tan cerca y tan lejos, tienes el perfume y el temblor de agua de los jardines del Alhambra, ¡estás más allá de la sombra, estás, percibo tu aliento que tiene algo como el secreto de un jardín morisco, Eduardo!
Ah, amados hombres… Ellos me enamoraban, eran mi poesía, fueron lo más hermoso de mi vida, el instante y la eternidad al mismo tiempo: “momentos y palomas en cadena”. ¡Adiós!
(Se escucha cantar a Amancio Prada: “Ay voz secreta del amor oscuro…”)
Pero yo no solo amaba a esos seres maravillosos que fui encontrando a lo largo del camino; yo amaba al mundo entero. Era el amor hecho carne; amaba al mundo entero. Sí, confieso, a los hombres, en primer término, ciertamente: “Esta luz, este fuego que devora / este dolor por una sola idea… / esta angustia de cielo, mundo y hora…” (es como si aceptara una derrota íntima), pero también amé a las mujeres, fui la dolorosa Yerma, desierta, inconsolable; fui las mujeres infieles, que se entregaban a los amantes en secreto, y ardían en una hoguera, sin consumirse, ay, Belisa, Belisa; y las encerradas, con un cancerbero a la puerta, y las que soñaban en existencias felices, mientras sentían la arena ardiente de las pasiones inútiles, volcada en desciframientos vanos, yo, Rosita la soltera, en bordados interminables, yo, la monja gitana; fui Mariana Pineda, la que en los ojos tenía un constante desfile de pájaros, que era la misma libertad y que daba su sangre, como si fuese la de todas las criaturas (pausa dolorosa), así como corría mi sangre hacia la noche, y era la de todas las criaturas… Y fui la prodigiosa zapatera y fui la luna bajando hasta la fragua, y fui Preciosa deseada por el viento. Amé a los niños y canté sus canciones inocentes, sí, a los niños, con una amor purísimo, de fuente y ala, de estrella y piedrecilla… Amé a todos los seres, “que soy amor, que soy naturaleza”. Estaba como mi pequeño Perlimplín, que nació muñeco, títere, marioneta, y se transformó en amante “herido de amor huido / herido / muerto de amor”.
La muerte entristece, sin duda. Quise negarlo, porque ya no siento los dolores terribles de la vida, pero más allá de toda tristeza, toda pena, toda amargura, inmensa como un mar, está la vida; y la vida es luz, es un surtidor de pájaros y flores; es un milagro, aunque a veces sea también oscuridad, peor aún, tiniebla. Sí, ya no siento los terribles dolores, ya no, solo me queda un surtidor de pájaros y sueños, un perfume de azahar y un rasgueo de guitarra enamorada; y sin embargo estoy triste, sí, porque nunca más podré abrazar a los que amé… qué digo, a los que amo; ni disfrutar de su humor, de su risa, de la tersura de su piel ni de la fuerte caricia de su cuerpo; de su gracia, de su ternura, de su fragilidad… Ya no. ¿En dónde está el calor de la familia, el afecto de los amigos, la simple existencia de los seres de la tierra y del aire, el vuelo de la mariposa, el roce de la pluma del ave, la tibieza del hocico del animalillo en tu mano? ¿En dónde? Nada de eso ya, nada. Ya no la buena palabra, la mano que toma la tuya y la acerca a un cuerpo palpitante, el verso, la música, ya no. Ya no el amanecer junto a la persona querida, la caída del día, el ruido del viento entre las ramas, el oleaje del mar, la mínima cascada en la sombra del amanecer, la belleza de los campos de Granada, en los que caí para siempre… Nada, nada.
(Se escucha Los pelerinitos. Federico cambia de expresión)
-Ya no estoy en la vida, nunca más. No tendré la guitarra ni podré ya cantar. Mis manos ya no recorrerán las teclas del piano. (Sigue la canción). Pero la vida no termina. Sigue, y a la larga tu rastro de hombre, pasajero y todo, es como un mínimo rayo de luz que queda entre las sombras: es tu herencia, la poesía. (Queda pensativo) Poesía, sí eso fue lo mío, poesía.
(Se escucha la misma voz bronca de antes)
-¡Federico García Lorca!
– ¡Sí! ¡Yo soy Federico García Lorca!, y pese a la muerte estoy aquí, vivo, para siempre, vivo, yo, poeta, yo, músico, yo actor, yo, dueño de la palabra que ilumina la noche para siempre. ¡Yo!
(Oscuro final)

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